lunes, 15 de octubre de 2012

El imaginario dualista de Andy Warhol trae a Valencia el pop art



Si en plenos 60 se le hubiera ocurrido diseñar un paraguas de celofán de tres metros o un impermeable con escafandra y lo hubiéramos podido tomar prestado de la exposición, probablemente la noche del 28 de septiembre no habría sido una velada tan pasada por agua. No hablamos de otro que del gran Andy Warhol, aquel hombre de negro que según Men in Black III se relacionaba con la élite del momento. A partir de las ocho de la tarde jóvenes y mayores, trajeados o de casual, empapados por la lluvia o secos gracias a la protección de los paraguas, disfrutaron de la compañía del gran maestro reflejada en sus 63 serigrafías.

Con una foto del artista y algunas de sus frases más provocativas coronando cada una de las paredes de la Sala Picasso del Centro Cultural Bancaja se inauguraba la exposición Andy Warhol Superstar, cuyo nombre hace honor a las personalidades emergentes de los 60 que se cocían en la Silver Factory de Nueva York, donde el dinero, la droga y todo tipo de actuaciones artísticas tenían lugar en la época en la que nació el derecho a los famosos quince minutos de fama.

Entre sopas Campbell y coloreadas serigrafías de Marilyn Monroe emerge una recopilación de obras con gusto americano, recreaciones sumergidas en color de pinturas como El nacimiento de Venus de Botticelli y El Grito de Munch o retratos de personajes como Michael Jackson, Einstein o Muhammed Alí. Frente a ellos, círculos de seguidores de Andy Warhol, tanto jóvenes como wannabes maduros con espíritu bohemio y coletas canosas a los que no solo les interesa sus serigrafías sino también su filosofía. Además, se paseaba por allí algún que otro fotógrafo con un flash más grande que los focos del Bernabéu.

Aun a pesar de ser un gran acontecimiento muy esperado, algunos de sus fans se quedaron con ganas de ver más y salieron de la exposición echando en falta un poco de “carne”. Quizá eso fue debido a que el punto fuerte fueron versiones garabateadas de una Marilyn original que brillaba por su ausencia y latas de Campbell de queso cheddar y vegetales que ocuparon el lugar de la sopa de tomate original. Es posible que estas obras no dejaran sitio a otros vistosos productos de Warhol. Una exposición centrada en la pintura que ignoró otros campos del polivalente artista que también dejó su huella con diseños de portadas de cds de algunos de los más grandes grupos de rock de los 60, pasando por fotografías de las personalidades más importantes de la época o incluso en el mundo cinematográfico.

Por otra parte, el universo del irreverente y excéntrico artista amante del dinero y el consumismo, del “plástico” de Los Ángeles y espejo de la actitud y cultura de una sociedad que tardó en acogerle se concentra en una exposición que pretendía mostrar las dualidades del neoyorquino. Aun así parece que no consiguió expresar esa doble cara que poseía Warhol, la del consumismo y la publicidad, y por otro lado, la del drama y la melancolía. Es posible que esta última cara se viera más reflejada gracias a sus obras dedicadas a la muerte, como la serie de la silla eléctrica y el lienzo del suicidio.

Como punto fuerte cabe destacar la recreación de The Factory por su innovación y la oportunidad de la interacción del público en la exposición. Sin embargo con los datos aportados en el pequeño cartel adyacente al sofá y las cambiantes imágenes de Nico o Bob Dylan en la pantalla, aquellos que no estuvieran al corriente de los ambientes en los que se movía Warhol poco podrían deducir sobre lo que era The Factory y el verdadero hervidero de arte y fama que constituyó en el Nueva York de los 60-70, donde se daban cita celebridades, artistas y modelos y donde él daba vida a sus creaciones en el llamado taller plateado.

La reproducción constaba de una pantalla frente a un sofá rojo que sirvió de oasis para señoras con juanetes y “una especie de sobrero mejicano hecho de papel de aluminio tirado en el suelo” que formaba parte de la escenografía. Acertado el intento, aunque escaso de información y glamour warholiano.  

Más allá de las paredes de la galería, esta exposición ha sacado a relucir el polémico tema que ha ido rondando tanto al precursor del pop art como a todos los artistas que innovaron de forma radical en su tiempo. Mucho se ha criticado al neoyorquino por su pasión por el consumismo, su ambición por el dinero y las ansias de poder presumir de él. El hecho de colgar un cuadro con el símbolo del dólar para que todo el mundo pueda apreciar que lo importante esta vez no es su arte, sino su precio, ha sido tema de discusión desde que Andy Warhol asomó la cabeza por primera vez en el mundo artístico.

Sin embargo, no hay que olvidar que el representante del pop art fue capaz de convertir un objeto banal como una sopa corriente o un simple plátano en una obra de arte representativa de una época, al estilo del retrete de Duchamp. Fue el espejo del nuevo modelo de fama que nacía después del auge que experimentó la música en aquellos últimos años y del nuevo concepto de estrella que había nacido. En aquella época, las personalidades más groovies e influyentes querían bañarse en el lujo y codearse con artistas que tuvieran en común su nueva visión del mundo. Warhol supo captar y espolvorear en sus lienzos toda aquella visión.

Aunque la exposición se mantiene constante en el horizonte entre el exhuberancia y la escasez, Andy Warhol Superstar presenta una oportunidad única que nadie debería desaprovechar para conmemorar además el 50 aniversario de su primera muestra en una galería.

            Un colorido viaje en el tiempo para convertirse en una superestrella en el excéntrico mundo de Warhol.


María Abadía y Paula Cantó

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