Si en plenos 60 se le hubiera ocurrido diseñar un
paraguas de celofán de tres metros o un impermeable con escafandra y lo hubiéramos
podido tomar prestado de la exposición, probablemente la noche del 28 de
septiembre no habría sido una velada tan pasada por agua. No hablamos de otro
que del gran
Andy Warhol, aquel hombre de negro que según Men in Black III se relacionaba con la élite del momento. A partir
de las ocho de la tarde jóvenes y mayores, trajeados o de casual, empapados por
la lluvia o secos gracias a la protección de los paraguas, disfrutaron de la
compañía del gran maestro reflejada en sus 63 serigrafías.
Con una foto del artista y algunas de sus frases
más provocativas coronando cada una de las paredes de la Sala Picasso del Centro Cultural Bancaja se inauguraba la
exposición Andy Warhol Superstar,
cuyo nombre hace honor a las personalidades emergentes de los 60 que se cocían
en la Silver Factory de Nueva York, donde el dinero, la droga y todo tipo de
actuaciones artísticas tenían lugar en la época en la que nació el derecho a
los famosos quince minutos de fama.
Entre sopas Campbell y coloreadas serigrafías de
Marilyn Monroe emerge una recopilación de obras con gusto americano,
recreaciones sumergidas en color de pinturas como El nacimiento de Venus de Botticelli y El Grito de Munch o retratos de personajes como Michael Jackson,
Einstein o Muhammed Alí. Frente a ellos, círculos de seguidores de Andy Warhol,
tanto jóvenes como wannabes maduros
con espíritu bohemio y coletas canosas a los que no solo les interesa sus
serigrafías sino también su filosofía. Además,
se paseaba por allí algún que otro fotógrafo con un flash más grande que los
focos del Bernabéu.
Aun a
pesar de ser un gran acontecimiento muy esperado, algunos de sus fans se
quedaron con ganas de ver más y salieron de la exposición echando en falta un
poco de “carne”. Quizá eso fue debido a que el punto fuerte fueron versiones garabateadas de una Marilyn original
que brillaba por su ausencia y latas de Campbell de queso cheddar y vegetales
que ocuparon el lugar de la sopa de tomate original. Es posible que estas obras
no dejaran sitio a otros vistosos productos de Warhol. Una exposición centrada
en la pintura que ignoró otros campos del polivalente artista que también dejó
su huella con diseños de portadas de cds de algunos de los más grandes grupos
de rock de los 60, pasando por fotografías de las personalidades más
importantes de la época o incluso en el mundo cinematográfico.
Por otra parte, el universo del irreverente y
excéntrico artista amante del dinero y el consumismo, del “plástico” de Los
Ángeles y espejo de la actitud y cultura de una sociedad que tardó en acogerle
se concentra en una exposición que pretendía mostrar las dualidades del
neoyorquino. Aun así parece que no consiguió expresar esa doble cara que poseía
Warhol, la del consumismo y la publicidad, y por otro lado, la del drama y la
melancolía. Es posible que esta última cara se viera más reflejada gracias a
sus obras dedicadas a la muerte, como la serie de la silla eléctrica y el
lienzo del suicidio.
Como punto fuerte cabe destacar la recreación de The Factory por su innovación y la
oportunidad de la interacción del público en la exposición. Sin embargo con los
datos aportados en el pequeño cartel adyacente al sofá y las cambiantes
imágenes de Nico o Bob Dylan en la pantalla, aquellos que no estuvieran al
corriente de los ambientes en los que se movía Warhol poco podrían deducir
sobre lo que era The Factory y el
verdadero hervidero de arte y fama que constituyó en el Nueva York de los
60-70, donde se daban cita celebridades, artistas y modelos y donde él daba
vida a sus creaciones en el llamado taller plateado.
La
reproducción constaba de una pantalla frente a un sofá rojo que sirvió de oasis
para señoras con juanetes y “una especie de sobrero mejicano hecho de papel de
aluminio tirado en el suelo” que formaba parte de la escenografía. Acertado el
intento, aunque escaso de información y glamour warholiano.
Más allá de las paredes de la galería, esta
exposición ha sacado a relucir el polémico tema que ha ido rondando tanto al
precursor del pop art como a todos los artistas que innovaron de forma radical
en su tiempo. Mucho se ha criticado al neoyorquino por su pasión por el
consumismo, su ambición por el dinero y las ansias de poder presumir de él. El
hecho de colgar un cuadro con el símbolo del dólar para que todo el mundo pueda
apreciar que lo importante esta vez no es su arte, sino su precio, ha sido tema
de discusión desde que Andy Warhol asomó la cabeza por primera vez en el mundo
artístico.
Sin embargo, no hay que olvidar que el
representante del pop art fue capaz de convertir un objeto banal como una sopa
corriente o un simple plátano en una obra de arte representativa de una época,
al estilo del retrete de Duchamp. Fue el espejo del nuevo modelo de fama que
nacía después del auge que experimentó la música en aquellos últimos años y del
nuevo concepto de estrella que había nacido. En aquella época, las
personalidades más groovies e
influyentes querían bañarse en el lujo y codearse con artistas que tuvieran en
común su nueva visión del mundo. Warhol supo captar y espolvorear en sus
lienzos toda aquella visión.
Aunque
la exposición se mantiene constante en el horizonte entre el exhuberancia y la
escasez, Andy Warhol Superstar presenta
una oportunidad única que nadie debería desaprovechar para conmemorar además el
50 aniversario de su primera muestra en una galería.
Un colorido viaje en el tiempo para
convertirse en una superestrella en el excéntrico mundo de Warhol.
María Abadía y Paula Cantó
María Abadía y Paula Cantó

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